Locos acentos nuevos

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En los últimos años la industria del entretenimiento pasó por un proceso de reivindicación de la cultura negra y asiática, impulsado por movimientos como el #OscarsSoWhite, el BLM o #StopAsianHate que lejos de ser sólo hashtags, abrieron la discusión sobre la valorización de la contribución de las personas de color en las distintas ramas del arte, y aunque la lucha inició por la representación de los colectivos pronto derivó en reclamos más puntuales. Así ya no sólo fue suficiente dar representación a la raza negra, sino diferenciar las identidad caribeñas, las saharianas, las del este o el oeste de África, dado que al englobar todas bajo la primera denominación uno estaría pasando por alto que la cultura nigeriana y la egipcia son bien distintas. Producciones recientes como el live action de The Lion King y su complemento audivisual Black Is King buscan introducir éstas diferencias en el ideario colectivo, mientras que Raya & The Last Dragon sigue la misma línea pero para las culturas asiáticas, aunque no libre de críticas.

Lamentablemente no estaría pasando lo mismo con lo latino, con una idea prevalente de lo “hispano” que agrupa a todo lo que esté abajo de Estados Unidos como si fuesen una cultura homogénea ignorando las fronteras, la historia y el ADN de sus pueblos. Sin embargo Argentina no siempre estuvo en línea marcadores culturales del resto del continente, mucho más cerca de las influencias europeas en cuanto a arquitectura, arte o cocina y en cuanto a la música, nuestro país tuvo siempre un sonido particular, el Rock Nacional, construido alrededor del merseybeat británico a diferencia de nuestros vecinos que se enfocaban más en los ritmos folclóricos.

Más cercano en el tiempo, mientras que la escena urbana pisaba fuerte en el continente, Argentina vio un fuerte crecimiento de su escena indie y el debut de estrellas pop como Lali y Tini. Sin embargo luego de que Despacito plantase bandera para el reggaetón en el mercado internacional y el éxito del trap en los servicios de streaming hiciese posible que los artistas locales del género comenzaran a explotar, el siempre maleable “pop” no tardó en subirse a la ola y los sintes y los toques dance pronto fueron reemplazados por dembows y ritmos de perreo mientras que las letras y entonación migraron primero hacia el neutro para pasar hoy en día al español centroamericano.

El etnolecto (la variedad idiomática que marca a los hablantes como miembros de grupos étnicos que originalmente usaron otro idioma o variedad distintiva) y los acentos son parte integral de la cultura de los pueblos y no debería otra cultura, aunque sea adyacente, usarlos como si fuesen un artículo de moda. Así, que Tini, Lali o Nicki Nicole adopten una especie de acento borícua es cuanto menos cuestionable. “Pa” utilizado en vez de “para”, “ao” reemplazando cualquier terminación en “-ado” – nadie habla así en Martinez, Quilmes o Rosario, y no está bien que se explote. Nunca escucharíamos a un rappero inglés de ascendencia africana imitar el patois caribeño, y hace años que la misma escena musical africana discute la apropiación cultural de los rapperos nigerianos del ingles vernacular y el acento jamaiquino.

“Ahora e’ con otro con quien vacilo en la pista, ay José, no me insista’, das muchas vuelta’, parece’ motociclista” canta Maria Vecerra en Qué Más Pues? del colombiano J Balvin y uno bien podría creer que son compatriotas pero no: Becerra nació en Quilmes y en su carrera como yotuber ha dejado amplia evidencia de que ese acento no le es propio, sino una dicción que adoptó al lanzar su carrera en el trap. Más variada en cuanto a géneros musicales, Lali hace algo todavía peor y se pone y se saca el acento dependiendo de cuán “urbano” quiere que suene el tema, como podemos ver en sus colaboraciones con Cazzu y Abel Pintos.

La cultura del hip hop nació en sectores marginales de Nueva York y de él se desprendió el trap en Atlanta en los 90 para luego desembarcar en latinoamérica. En todos estos casos (y como en el reggaetón), las temáticas de las canciones se basan en el dinero, droga y sexo y en una especie de crónica de los barrios bajos y la vida delictiva, pero también tienen un subtexto aspiracional: los cantantes quieren salir de la pobreza, de la calle, tener esas cosas de marca y todo el cash. La utilización del etnolecto de las clases populares de centroamerica refuerza lo primero ignorando lo segundo, afianzando los estereotipos raciales a la vez que elimina la diversidad de la experiencia musical latinoamericana en favor de un sonido único que artistas blancos gentrifrican, explotan y caricaturizan.