El mejor bar de Kyoto y otras cosas que hicimos el último día

El último día en Kyoto, mientras mirábamos el mapa y los lugares que nos faltaban ver, se nos hizo evidente que le habíamos calculado un día menos que lo que la ciudad se merecía (después nos dimos cuenta que se lo habíamos puesto de más a Osaka). Decidimos enfocarnos en el área central y parte del Este que nos había quedado sin ver, y resignar el bosque de bambú al oeste, que en definitiva era una versión más cuidada del bosque de bambú en el que nos habíamos perdido el día anterior.

El primer destino fue el Parque Maruyama y el santuario Yasaka-Jinja, al Este de la ciudad. En Abril, es el lugar perfecto para ver el hanami o la floración de los cerezos, pero incluso en cualquier otra época es un gran lugar para pasear, muy cerca de otros templos e incluso de Gion y Kiyomizu Dera. El área circundante está llena de casa de té y negocios tradicionales, e incluso puede alquilarse kimonos y yukatas para pasear por la zona y disfrutar la vista del Yasaka-no-to, una pagoda de 46 metros en el medio del barrio.

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De ahí bajamos hasta Ryozen Kannon, un buda gigante no muy concurrido, pero que mi viejo había reproducido en un cuadro suyo. La estatua es de hormigón y acero del Bodhisattva Avalokiteśvarac conmemora a los 2 millones de japoneses muertos en la Guerra del Pacífico.

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Bodhisattva Avalokiteśvara

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Lo último que nos quedaba era entonces los dos palacios de la ciudad. Volviendo para el centro pasamos primero por el el Palacio Imperial de Kyoto, antigua residencia del emperador hasta que la capital fue trasladada a Tokyo, y aunque parece repetitivo, creo que vale la pena todavía más que el de la capital actual.

Los palacios japoneses tienen la particularidad de no ser grandes castillos con todo dentro de ellos, sino que son más bien un gran complejo lleno de edificos que tienen cada uno la función que tendría un cuarto en la lógica occidental (está el salón de rey, de la reina, el salón para tomar el té, el destinado para recibir a las visitas diplomáticas, etc.), y en este se puede recorrer y ver todos con pocas áreas sin acceso.

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El segundo es el Castillo de Nijo, residencia del primer shogun del periodo Edo, y famoso por sus cámaras secretas, pisos con trampas explosivas y tres anillos sucesivos de murallas, todo para la protección del gobernante, y tiene por supuesto un gran jardín de cerezos de floración tardía que por lo que en primavera está lleno de sakuras hasta bastante tarde, y de arces y ginkos que hacen que en otoño todo sea ocre y dorado.

Para cuando terminamos de caminar todo eso (otra vez unos 30km totales en el día) nos sorprendió que era medio temprano pero ya estábamos muertos de hambre así que decidimos cenar temprano a lo japones.

Nos habían recomendado a morir el okonomiyaki, así que el día anterior ya habíamos ubicado un buen restaurant, así que allí nos dirijimos.

Comer okonomiyaki es una experiencia interactiva. La comida en sí es una masa que se cocina con otros ingredientes como si fuera una tortilla o un buñuelo gigante, con el detalle que todos los ingredientes de los traen en cuenquitos y vos los preparas en una plancha de hierro que hay en el centro de la mesa. Primero va la mezcla (harina, ñame rallado, agua y huevo), después los toppings (cebolla de verdeo, carne, calamar, camarones, kimchi, etc.) y por último salsa de okonomiyaki o mayonesa. Cuando terminamos de comer miramos la hora y nos dimos cuenta, otra vez de que era muy temprano, pero también de por qué: NOS HABÍAMOS OLVIDADO DE IR A LA TORRE DE KYOTO, y no sólo eso, sino que ya era tarde y había cerrado. Así que fuimos a Kyoto pero no a su monumento más típico.

Decidimos que ya que era viernes por lo menos íbamos a aprovechar el resto de la noche, y una vez bañados y cambiados fuimos a L’Escamoteur: el mejor bar de Kyoto. Lejos. No hay discusión.

L’Escamoteur ocupa la planta alta de un edificio antiguo, un local angosto y de ladrillo a la vista con una sola mesita con hamacas como sillas y la barra, donde nos sentamos nosotros. Por suerte pegamos onda con el barman, que resultó ser el dueño, un francés que llegó a Japón siguiendo a una novia y que cuando la relación terminó decidió quedarse en el país nippon. Nos hizo probar varios tragos con alcoholes típicos de Japón y una reversión de Smoked Old Fashioned que me voló la cabeza, y no nos fuimos hasta el cierre, con una recomendación especial de una cervecería en Osaka (nos íbamos en unas horas) a la que uno de los barmans insistió con que teníamos que ir en sí o sí, y como no ir a una cervecería que recomienda un irlandés?